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El
fuego intenso del desierto del Sáhara y el silencioso
fluir del agua del río Níger han tallado
el trasfondo y el horizonte de Mali. El que es el país
más extenso de África Occidental posee
un paisaje mágico marcado por la fuerza y la
historia. Tombuctú, Djenné y el país
Fogón evocan la gloria y el esplendor de otras
épocas, de viajes y a través del desierto,
de ritos y sabidurías ancestrales, de arquitecturas
llenas de mbrujo y sensualidad, y de territorios salvajes
en los que se respira el alma del África más
profunda, del África más auténtica.
MALI SE HA
configurado como un cruce de caminos y, en consecuencia,
de culturas, de mitos, de religiones, de tribus. Algunos
de estos caminos conducen hasta las puertas del desierto;
otros, hasta enigmáticos pueblos llenos de espiritualidad;
y todos confluyen tarde o temprano en la más
magnífica obra construida por la mano del hombre
con el sencillo barro: la mezquita de Djenné,
Patrimonio de la Humanidad y una de las obras maestras
de la arquitectura saheliana.
Sirva esta edificación como ejemplo principal
de que en Mali los caminos no separan, sino que unen,
porque el Níger no es, ni lo ha sido nunca, frontera
entre las dos grandes mitades de una nación que
integra el más fascinante desierto y la más
increíble franja del África subsahariana.
Precisamente por su ubicación y características
geográficas, Mali sirvió de asenteamiento
a varios de los más grandes imperios de África
y, por el mismo motivo, en el presente es un país
tranquilo e independiente desde 1960, que disfruta de
un régimen plural y democrático. Un país,
en definitiva, apasionante en muchos sentidos, pero
sobre todo por la calidez y el magnetismo de sus gentes.
Personas sociables, orgullosas de su cultura y a salvo
aún de la masificación turística.
Peculiaridad que permite que un viaje a Mali se convierta
en una experiencia vital porque, más que visitarse,
este país se vive en su pura esencia mientras
se recorre de parte a parte.
LA CURVA QUE HIZO
HISTORIA
LOS 4.700
KM del río Níger engloban en su orilla
a gentes de diversas tribus que desde hace siglos mercadean,
se mezcla y conviven unidos por el lentos discurrir
de la corriente del río. Un río que fertilizó
las cercanas tierras del desierto y dio origen a su
historia. Porque la milenaria historia de Mali tiene
su origen en la curva del Níger. Una curva que,
contra todo sentido, elige el camino más largo
y efectúa un bucle hacia el norte, hasta lamer
las arenas del desierto del Sáhara, antes de
descender hacia el golfo de Guinea para salir al mar
desmembrado en los diversos brazos del delta nigeriano.
Fue precisamente esta osada orientación hacia
el desierto, lo que hizo erigirse al río Níger
en punto de convergencia del tráfico mercantil
transahariano, que durante siglos mantuvo unido al África
Negra con el Mediterráneo. Por eso en las tierras
anejas a la curva surgieron varios reinos que hicieron
florecer culturas y civilizaciones que, con el paso
del tiempo, desembocarían en el establecimiento
del gran imperio de Mali.
Tombuctú
y Djenné se convirtieron en los más importantes
centros caravananeros de las rutas que atravesaban el
desierto del Sáhara, y el río Níger,
en el cauce mercantil por excelencia entre el Nilo y
la costa atlántica occidental africana.
En
virtud de este auge comercial, en el año 300
de la era cristiana, en la convergencia de mauritania,
Senegal y Mali, surgió el Imperio de Ghana, uno
de los más antiguos de África. Tras sucesivos
ataques de guerreros almorávides, la tribu soninké
eligió como asentamiento las tierras más
resguardadas del interior de Mali, en el ámbito
la curva fluvial. Su estabilidad como etnia civilizada
y culta permitió el surgimiento del gran Imperio
de Mali, un fastuoso estado en el que abundaban el oro
y las riquezas, de la que dan testimonio narradores,
geógrafos y viajeros de la época, siendo
el máximo exponente de su ostentación
el emperador Kankan Mousa, quien en su peregrinación
a La Meca en 1324 en busca de nuevas alianzas en Arabia,
estableció con su derroche de donaciones de enormes
tesoros la prueba del esplendor del Imperio y la leyenda
de Tombuctú. Al mismo tiempo, la influencia imperial
dio pie a la gestación, desde el oeste mediterráneo
hasta Oriente Medio, de una fuerte red comercial que,
tras vivir durante el siglo XIV su época de mayor
apogeo, culminó los territorios de Mali fueron
conquistados por el pueblo songhai, que los mantuvo
bajo su gobierno hasta el siglo XVI, desviando una vez
más hacia el interior del continente el núcleo
de un reino imperial que a la postre sería él
último de los grandes imperios sudaneses que
se formaron en el marco geográfico de lo que
hoy en día denominamos Mali.
Finalmente, y tras sucumbir ante los que fueron sus
antiguos aliados, los marroquíes, los últimos
gobernantes autóctonos de Mali perdieron su poder
en el siglo XVIII y el país entró a formar
parte de las recién creadas colonias francesas
de África Occidental.
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