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SI DJENNÉ,
también conocida como la ciudad de barro, ha
sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad,
se debe a dos bellísimas razones: la mezquita
y el mercado.
Djenné es una, pero puede parecer dos. Según
la época del año, puede aparecer como
una densa y espesa ciudad del desierto; en cambio, en
los meses más lluviosos, se descubre como una
isla, reflejada en las aguas del río Bani, afluente
del Níger, que se expande por la planicie formando
un remansado delta.
Quizás queda poco de esa ciudad que tiempo atrás
se llenaba de comerciantes, militares o literatos que
predicaban las enseñanzas del Islam. Pero hay
algo en Djenné que permanece. Quizás no
como la conocemos hoy en día, pero sí
seguramente con el mismo emplazamiento: el sensual templo
de Djenné.
Como si se tratara de un espejismo del desierto se nos
aparece la sinuosa silueta de la mezquita, construida
con una mezcla de paja, arcilla y aceite, denominada
banco. Toda la ciudad está construida con banco,
pero frente a la simplicidad de las humildes y reducidas
cosas destinadas a vivienda, la mezquita parece un palacio
de ensueño. Quizás fuera así porque,
según la creencia de los baris, una sabia costa
de especialistas constructores, autores de la mezquita,
los edificios no se diseñan: se sueñan.
Con apenas un siglo de antigüedad, el templo actual
fue construido sobre otro anterior que, según
cuentan, se levantó en el siglo XIII. Tal y como
la vemos hoy, se puede decir que es obra de todos los
vecinos de Djenné, porque a ellos les toca cada
año restaurar con sus propias manos los daños
que le causan las intensas lluvias de la estación
húmeda.
Esta ciudad de mercaderes y sabios, de callejuelas estrechas
y oscuras, custodia otro gran tesoro: el mercado.
Cada lunes, frente a la mezquita, tiene lugar un verdadero
espectáculo que, de presenciarse, penetra y estimula
todos los sentidos. Aparecen comerciantes de todas las
etnias con sus mercancías, traídas a lomos
de cientos de animales de carga, que también
inundan la plaza. Entre las mercancías se pueden
encontrar y, desde luego, comprar, todo tipo de comestibles,
verduras, pescado fresco y ahumado, joyas de plata,
bronce y oro, hierbas de la medicina tradicional, perfumes,
aceites y ungüentos varios. Cientos de colores,
olores y sabores se dan cita ante la mezquita de barro,
representando una escena llena de intensidad sensorial.
A escasos kilómetros de Djenné, se ha
descubierto la antigua Djenné-Jenno, considerada
por muchos arqueólogos la más antigua
ciudad de África (250 a.c.), y de la que muy
poco se conoce todavía. Actualmente se pueden
ver unos pequeños pero interesante fragmentos
arqueológicos.
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