EL PUEBLO DOGÓN es un pueblo especial, casi mágico, y, probablemente, el más original de Mali.

Sus tradiciones, sus creencias y su comprensión del universo aún nos siguen fascinando, casi tanto como al etnólogo francés Marcel Griaule, hace más de setenta años. La difusión de la obra Dios del Agua, en la que Griaule recoge los diálogos que mantuvo con un viejo dogón ciego, propagó los conocimientos y creencias de este excepcional pueblo. Porque, ¿de dónde podría proceder la sabiduría de un pueblo que conocía la estrella gemela, Sirio B, mucho antes de que los astrónomos la descubrieran en el año 1884?

Ya desde su localización, a lo largo de la casi inaccesible falla de Bandiagara, entre profundos cañones rocosos, el país Dogón expresa su especial particularidad. Un aislamiento buscado expresamente para preservar su identidad después de abandonar Mandé, su tierra de origen.

En su interior, las propias aldeas conservan su orden de fuerte poder simbólico. Se estructuran como una figura antropomorfa: en la parte de la cabeza estaría la toguná, o casa de la palabra, y la herrería: sobre el pecho se emplazan las guiñas, donde viven todos los descendientes de un ancestro común; en las manos están las casa en las que se aislan las mujeres cuando tienen la menstruación; pequeños altares representarían los órganos masculino y femenino; y sobre todo los pies otros santuarios menores.

Encima de los pueblos, incrustadas en la misma roca, se ven las antiguas casa de los pequeños tellem, que los dogones utilizan como sepulcros.
Irely es quizás el pueblo dogón más bonito y quizás más interesante, pero también Djibuibombo, Soninke, Nombori o Banani poseen el especial encanto de las aldeas dogonas.

El valor cultural y natural de la falla de Bandiagara ha sido reconocido por la UNESCOS y declarado Patrimonio de la Humanidad.


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